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YELLOW MOON. LA BALADA DE LEILA Y LEE

El estreno de Yellow moon. La balada de Leila y Lee en exlímite acontecía el pasado 4 de febrero. Fue una noche de viernes, como la que se empieza a recorrer en esta pieza, con un cepillo de dientes, tres bragas blancas, unas manzanas, una gorra gris y la marca interna y externa de la misma. El avance rápido de la acción combina a la perfección con el despertar de las emociones al ralentí de esta joven pareja de adolescentes que huye para encontrarse con lo que han creído vislumbrar en el horizonte, bajo el texto de David Greig.

Una tienda 24 horas. Un tropiezo fortuito, exprés, sin calcular, abre la veda a un viaje iniciático cargado de laberintos vitales. Una tienda abierta 24 horas, expectante de emociones diarias como las que van a experimentar los protagonistas de este encuentro, partiendo de un crimen. Él buscando una figura paterna real a partir del tiempo detenido e irrecuperable de una postal robada a su madre. Ella con la esperanza de encontrar otra versión de sí misma, aburrida de la imagen construida y herida de su presente y nada reconocible en las revistas de moda. Él que le dice ¿te vienes conmigo o te vienes conmigo?, el leitmotiv que les palpita a cada rato. Y ella y todas y todos en la sala pensamos que cómo no va a ir.

Lee, el Venado. Leila, la Silenciosa. Ambos como fuego dentro de la historia prenden al tiempo que se dejan cazar el uno por la otra. Son Raúl Pulido y Paloma Córdoba, quienes casi como recién salidos del videoclip del Take on me del grupo A-ha, se dan la mano y todo comienza a girar a su alrededor, a vivir en otro interior. A modo de diario de abordaje, de momentos para descubrirse en compañía y abrasados por los miedos y los sueños, este actor y esta actriz juntan sus caminos para guiarnos con mucha confianza por una huida en común. La mirada ingrávida y curiosa de Córdoba es un verdadero deleite con la que quedarse en el refugio familiar que se va construyendo y en el que les acompañan Savitri Ceballos y Juan Ceacero, un animal salvaje en escena en cada piel que cobija durante la función.

Los paisajes creados para la ocasión tienen la implicación de tres fuerzas que no se pueden apartar del punto de mira: la escenografía de Pablo Menor Palomo, la iluminación de Enrique Chueca y el vestuario de Leonora Lax. Su rumbo marca el norte de esta propuesta con elementos, luces y ropas, entre otros aspectos, que personalizan y resaltan sagazmente los diferentes lugares, tanto físicos como metafóricos, por los que transcurre este azaroso viaje.

Pepe Alacid, en música y espacio sonoro, ¡qué bien encontrarte en este montaje y que tu trabajo resuene en él! Con sus elecciones nos enamoramos, pensamos y cantamos que todo irá bien, nos puede la desesperanza y nos vuelve la ilusión en la siguiente escena. El cartel, joya de Carlos Brayda (ilustración) y Álex Velasco (diseño gráfico), es otro punto y seguido que incluir en la unidad de esta propuesta. Sus trazos y su buen hacer aciertan en señalarnos, antes de empezar, ese punto de búsqueda que estamos a punto de compartir gracias a los folletos repartidos por la sala.

En la dirección de Beatriz Jaén, he creído ver una labor minuciosa de observación de estos cuerpos que se van encontrando y arrasando. Junto a Javier L. Patiño, en audiovisuales y ayudantía de dirección, apareceun trabajado muy cuidado en ejecución y generoso en no ofrecer fronteras en lo que se erige sobre el escenario y se traslada a las butacas. El argumento aparece fragmentado en varias capas: la historia que ve el público, la historia que oímos narrada y miramos representada, aquella que experimentan los personajes junto a la que no llega a ocurrir, otra que se funde con la leyenda de lo que pasó y de cómo se contaría en voz alta, otra que está escrita sobre el papel… Cada recoveco parece inundar el siguiente y la sutil forma cinéfila que va asentándose pasados los minutos es síntoma de que el disparo ha acertado y las heridas son compartidas. El bosque, las montañas o la primavera se abren y nos dejan ver esa luna del cazador y todo el paisaje del que recoge luz.

Como cuando Clint Eastwood supo esconder en la gran pantalla temas como la derrota, la esperanza, el amor o un clásico de aventuras en la carretera en la película Un mundo perfecto y esa imagen final de pérdida que encoge el corazón, mientras suena el helicóptero antes de conseguir llegar a Alaska, a donde conducía el protagonista en busca de su padre por culpa de una postal. Algo así ocurre con el último suspiro de esta función, en la que mantenemos la respiración porque queremos más relato, más aventura, más Leila y más Lee que grita “todo lo bueno se aleja de mí”. Más de ese mundo que se nos ha estado narrando durante algo más de hora y media y del que ya éramos un poco cómplices. Se oyen las aspas acercándose y con el fundido a negro ya ha empezado otra historia. Quizás, el silencioso era él. A lo mejor, el partidazo era ella también.

Yellow moon. La balada de Leila y Lee nos cuenta la historia de dos adolescentes solitarios que, una noche de viernes, se encuentran en un veinticuatro horas, se van juntos a beber y a comer algo al muro del cementerio y, de manera inesperada, se ven envueltos en un crimen del que tendrán que huir con la esperanza de que el fatal acontecimiento sirva para dar sentido a sus vidas. Lee buscará en ese viaje a su padre, del que sólo conserva su gorra y una postal. Leila buscará una historia real que le haga sentir viva, lejos del vacío que siente en el instituto y en su casa.

Amanda H C

exlímite

Beatriz Arjona

Raúl Pulido

Juan Ceacero

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