Cuando llego a casa después de ver Verborrea en Nave 10 Matadero, busco un libro que tengo de Pablo Remón. Quiero encontrar la escena de las croquetas en Doña Rosita, anotada y el punto exacto en el que un personaje dice algo así como “croquetas galácticas”. Y me quedo tranquila. Me digo “ah, sí, es el mismo autor de esta tarde”. He sentido que me lo tenía que recordar.
A Verborrea le sobran muchos minutos y le falta bastante atrevimiento. Comienza bien. Comienza requetebién. Javier Cámara nos abre el camino y vamos a su lado un largo rato muy agradable. Conocemos a su familia solo con su voz y su cuerpo. “Lo tenemos”, pienso, “otro pelotazo de Remón del que se va a hablar durante meses”. Cámara y Emilio Tomé llevan el ritmo más alto, son la guitarra eléctrica y la batería, respectivamente, que mejor marcarían el ritmo en un concierto. Y, a la vez, los instrumentos que más alto oiríamos. Se podían haber hecho ellos dos solitos la obra porque en ejecución son increíbles. Me embobo mirándolos, siguiendo la historia de dos hermanos criados en lo recóndito de un poblado situado en el Valle de los Caídos, bajo la autoridad de un padre franquista. A la vez, hay espacio también para que Israel Elejalde y Marta Nieto tengan sus propios solos de guitarra y se luzcan con una comodidad inhóspita vista en pocos intérpretes.
Como suele ser habitual en Remón, los tiempos no están marcados por la razón. El tiempo lineal no existe y todo es presente; los personajes muertos están aquí y el futuro al que el público se puede ir asomando toma vida a través de anécdotas que la historia contiene. Y todo esto, me encanta.
El problema (para mí) es que la cara A suena de una manera y para escuchar la cara B, tendríamos que sacar la cinta y retocarla con boli Bic porque se han formado arrugas y no suena tan bien. Hay un momento en la función en la que ya no se juega y se deja de intervenir la dramaturgia para enseñar el guion a pelo. Se pone en duda la paciencia en el patio de butacas. Se acaba lo punki. Las sillas verdes de los personajes quedan enfrentadas a nosotras, en línea recta y paralela, porque ahora nos hablan cara a cara. Una fórmula ya vista y gastada en otras piezas de Remón que restan la innovación y la valentía a las que asocio a este autor y director. Nos hemos acomoda en esas sillas y en lugar de estar viendo el concierto en directo, lo empiezo a escuchar lejano y ya ni me suenan (¿o interesan?) las melodías.
Verborrea es una muy buena obra. Buenísima. Tiene un reparto brillante, una fórmula que funciona y unas historias entrecruzadas de pensamientos, monólogos y líos familiares sorprendentes. Desearía que la última media hora hubiera tenido sentido y me gustaría quedarme con la cara A. Iría a ver la función de la cara A otra vez. Quizás esta es una de esas obras en la que tienes que elegir, como pasaba con Vania x Vania, que nos íbamos preguntando qué versión te había gustado más. Decidme.
Verborrea narra el auge y la caída de una banda punk ficticia de los años ochenta y noventa llamada Verborrea. La historia sigue a dos hermanos criados en un poblado del Valle de los Caídos bajo la autoridad de un padre franquista, explorando la memoria, los recuerdos contradictorios y los mitos de la juventud.
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