Canta Manuel Carrasco en su más reciente trabajo Pueblo Salvaje I que “pase lo que pase, hay que bailar”. Y algo de eso he visto esa temporada teatral 2025-2026 sobre los escenarios madrileños. Estos meses me han confirmado una tendencia cada vez más segura, la de la incorporación del movimiento, de la danza o del baile desde centros, islas, periferias y sitios inhóspitos del actual mapa cultural.
La danza contemporánea, el gesto coreográfico o el lenguaje físico han adquirido un peso determinante en la construcción de la dramaturgia. El movimiento como un elemento narrativo esencial, aplastante y digno de renombrar en todas estas propuestas.
Hay espectáculos en los que el movimiento no acompaña al relato, sino que es el propio relato. En ellos, el cuerpo aparece como territorio de resistencia, identidad o afirmación. La danza fue el lenguaje en SacreSize, donde el impulso físico y la energía colectiva construyeron una experiencia que nos interpelaba directamente. También en Struere, una propuesta que encontró en la arquitectura de los cuerpos una forma de levantar significados.
Más explícita aún es la relación entre vida y baile en Solo quería bailar, donde el movimiento funciona como declaración de intenciones y necesidad vital. Y, por supuesto, en GISELLE, uno de los grandes títulos de la danza universal, donde cada gesto sigue demostrando que hay historias que solo pueden contarse a través del cuerpo. Y si es la del deseo femenino, mejor que mejor.
También Murmullo encontraba en la fisicidad una forma de comunicación alternativa, casi secreta, mientras que Cómo son cuando miran ofrecía una reflexión sobre el tejido que sostiene el mundo de la danza, tratando de cuestionar sus límites y violencias.
La temporada también reunió numerosos montajes en los que el cuerpo aparecía sometido a tensión. Obras que sitúan a sus personajes en zonas de fragilidad, de vértigo o de incertidumbre y donde los desplazamientos y las coreografías invisibles revelaron aquello que el texto no siempre puede (o sabe) nombrar y que el movimiento sí.
En Ese ruido es un animal, retumbaban los sonidos y los cuerpos y, aunque no siempre en armonía, la red social que componía fue un buen motivo en el que detenerse. En Sonia dice que descansaremos, el movimiento parecía debatirse constantemente entre la necesidad de avanzar y el deseo de detenerse en el detalle. Algo parecido ocurría en INT. Museo, donde el recorrido espacial y corporal terminaba construyendo una reflexión sobre la memoria y la representación.
La sensación de inestabilidad atravesó igualmente Rompientes, una pieza que encontraba en el vaivén físico una poderosa metáfora emocional en puntos clave diferentes para cada protagonista, y Grito, boda y sangre, donde la herencia lorquiana se traducía en imágenes corporales de enorme intensidad.
Personas, lugares y cosas convertía el movimiento compulsivo y la pérdida de control en parte esencial de su discurso. Animales en apnea trabajaba desde la contención y la suspensión, como si sus personajes estuvieran permanentemente reteniendo el aliento, y La imposibilidad exploró precisamente esos límites físicos y emocionales que muchas veces parecen insalvables.
Son montajes que recuerdan que el cuerpo también habla cuando tiembla, cuando cae o parece quedarse sin aire.
También hubo una serie de propuestas donde el movimiento aparecía asociado a la celebración o incluso al exceso. Obras que se valieron de la acción física como forma de afirmación en el presente.
Una buena vida se preguntó precisamente qué significa vivir plenamente, desde una puesta en escena donde los cuerpos buscan ocupar el espacio más allá de dos camas de hospital. En Gula, el movimiento expresaba el apetito en todas sus formas, mientras que A pelo apostó por una fisicidad directa, despojada de adornos y sin refugios.
Y en Las últimas, el desplazamiento escénico era una herramienta para hablar de quienes ocupan “nuestros” márgenes, con personajes que, pese a todo, siguen moviéndose.
Llegadas a este punto, extraigo una certeza; el cuerpo sigue siendo uno de los grandes instrumentos del teatro contemporáneo. A veces baila, otras (se) resiste, otras se precipita al vacío. Pero siempre cuenta algo. Y esta temporada lo ha hecho con una fuerza difícil de olvidar.
Bailar ya no es solo una cuestión estética o una frontera funcional de la obra teatral. Es también una forma de contarnos. Por eso hay que bailar. Pase lo que pase, hay que bailar.
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