El nuevo trabajo de Alberto Velasco tiene dos paisajes en escena. El primero es frontal y se parece a la película de nuestras vidas. Son una serie de imágenes y vídeos llenos de mensajes directos para adelgazar, ponerte en forma, evitar comidas y tragar pócimas milagro antigrasas. Anuncios de televisión, minutos de películas, cuantiosas formas de publicidad, imágenes de animales obesos y un largo etcétera. El segundo pisa el escenario y es un ballet de personas gordas, un sueño que tuvo Velasco y que define como “un ballet para bailarines/as como yo”.
Después de ese sueño, llegó el deseo de coreografiar La consagración de la primavera de Stravinsky. Y todo se unió para el estreno absoluto de SACRESIZE, un ballet de personas gordas, para “celebrar mi cuerpo en una verbena con otros cuerpos grandes, enormes, robustos, anchos, expandidos, blandos. Hermosos”.
Así es como Esperanza Guardado, Juanki Fernández, Carlota Ferrer, Jack Gómez, Fiona Orioli, Lucia Palacios, Vicki Schmidt y Alberto Velasco aparecen en la Sala Negra de los Teatros del Canal. La propuesta está concebida con dolor y sensibilidad, pero sin pedir permiso ni perdón. A medida que la mirada se detiene en cada intérprete, se van revelando matices que enriquecen el conjunto y ponen de manifiesto trabajos individuales muy notables, pequeñas conquistas que merecen ser celebradas y que sostuvieron buena parte de mi interés.
Sin embargo, cuando la atención se desplaza del individuo al grupo, surge cierto desequilibrio. Velasco ejerce una presencia magnética y constante, como si el resto tratara de acompasarse a él en cada movimiento. No se trata tanto de una cuestión de protagonismo como de cohesión y entiendo que todavía parece haber algo por afinar para que el colectivo se perciba como un organismo ensamblado, con una energía compartida y una dirección común. Es evidente el disfrute de Velasco, su entrega contagiosa y su convicción en la propuesta. En el resto del elenco, en cambio, esa misma sensación no siempre alcanza la misma intensidad. Quizás sea precisamente ahí donde esta pieza tiene todavía margen para crecer; en encontrar un pulso colectivo capaz de convertir las valiosas singularidades en una verdadera exploración de la gorditud en conjunto.
Tras una hora de función, llega el final. Un final de los que cada vez se ven menos. No porque cierre la obra (que lo hace), sino porque, sobre todo, la abre. Abre preguntas, heridas, memorias y muchas conversaciones pendientes. SACRESIZE encuentra en sus últimos minutos una potencia difícil de sacudirse. Es probable que muchos espectadores y espectadoras recordemos ese desenlace durante mucho tiempo. Hay en él una voluntad de habitar el presente con todas sus consecuencias, de sostener la mirada sin apartarse cuando esta se vuelve incómoda. El escenario deja de ser únicamente un lugar de representación para convertirse en un espacio de confrontación, donde la violencia de las miradas normativas regresa amplificada hacia quien la ejerce.