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‘Solo quería bailar’. Cuando el cuerpo no calla

A estas alturas de la temporada, cuando la cartelera madrileña suele deslizarse hacia inercias previsibles (aunque la verdad, en este 25/26 ha sido la tónica habitual), Solo quería bailar aparece como una sacudida inesperada. Programada en el Teatro del Barrio, la pieza irrumpe con una energía poco complaciente, casi urgente, que la destaca en el paisaje teatral tan complaciente, en el que nos hemos apalancado gracias a direcciones artísticas adormiladas. Esta no es solo una obra más en la programación, sino que para mí ha sido una grieta, un gesto de insumisión que, desde su aparente sencillez formal, despliega una potencia emocional difícil de anticipar.

La propuesta cuenta con la autoría de Sergio Martínez Vila, a partir de la novela de Greta García. La dirección de Alberto Velasco nos sitúa ante un dispositivo escénico casi desnudo, en el que la palabra y el cuerpo cargan con todo el peso del relato. Y desde ahí, déjate llevar.

'Solo quería bailar' en el Teatro del Barrio. Fotografía de Dani Jaén.
‘Solo quería bailar’ en el Teatro del Barrio. Fotografía de Dani Jaén.

Con Olalla Hernández, este monólogo posee una extraña y cautivadora forma de vida, en la que su presencia nos interpela sin pedir permiso. Gracias a ella, vemos a Pili, una bailarina atrapada entre la pulsión de seguir danzando y la crudeza de una realidad que la desborda. Para acercarnos este personaje, que está cumpliendo treinta años de cárcel por un acto terrorista, la actriz sostiene una intensidad que no concede tregua y que convierte la palabra en un filo que corta y quema. Además, por momentos, la convención teatral desaparece y la sensación es que ya no hay patio de butacas, solo una habitación cerrada en la que estamos a solas con ella, asistiendo a algo que sucede en presente absoluto y nos atraviesa por igual.

¿De verdad soy responsable al 100% de mis actos?

Pili aparece atravesada por una furia sostenida, por un hartazgo que no es abstracto sino perfectamente reconocible: el de un sistema que aprieta y asfixia y que lo hace con especial dureza en el ámbito artístico. Hasta ahí, un diagnóstico compartido, generacional se podría decir. Sin embargo, lo relevante en la obra no es solo esa rabia, sino la clarividencia con la que se orienta. La conciencia de saber hacia dónde dirigir esa desesperación se convierte en uno de los ejes fundamentales. La decisión que toma Pili es una forma de posicionamiento, de combate, de resistencia que transforma la rabia en gesto político. Y es precisamente esa elección la que impide mirar hacia otro lado.

'Solo quería bailar', protagonizada por Olalla Hernández. Fotografía de Dani Jaén.
‘Solo quería bailar’, protagonizada por Olalla Hernández. Fotografía de Dani Jaén.

En paralelo, hay una pregunta que asoma casi de la nada para cubrirlo todo: “¿De verdad soy responsable al 100% de mis actos?”. Desde ahí, se abre su agujero negro, el punto de gravedad desde el que todo empieza a orbitar. El discurso se pliega hacia esa duda, el movimiento coreográfico encuentra en ella su impulso y la interpretación se imanta a ese núcleo de incertidumbre moral y culpabilizador.

Por ello, me parece que ese punto clave vertebra también la dirección. Se percibe que Alberto Velasco ha ido diseccionando escena por escena con una mirada quirúrgica, pero inquieta. Su propuesta nos permite ver y estar con Pili en un presente casi tangible, pero al mismo tiempo abre fisuras por las que se cuelan su pasado y su futuro. Vemos todo su recorrido vital porque hay una construcción del tiempo escénico especialmente lúcida, que no se impone, sino que se deja habitar.

Una obra imprescindible por su intensidad y su honestidad. Amarga, furiosa y hecha a la medida de una bailarina con la fuerza suficiente para danzar en cualquier espacio, incluso en uno con rejas.

¿Cómo acaba una bailarina cumpliendo treinta años de cárcel por acto terrorista? Pili solo quería bailar, pero jarta de batallar en la precariedad de los que luchan por vivir del arte, un día llega a su límite y decide hacer algo. Su rabia no va en contra, solamente, de la administración pública y sus trabas burocráticas. No va en contra de su padre castrador, ni tampoco es una venganza hacia sus profesores de baile. Es un acto kamikaze de amor por parte de alguien que siempre ha carecido de él.

Amanda H C

Teatro del Barrio

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