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UN MUSICAL BARROCO

Es difícil sorprender en un Madrid con una cartelera repleta de propuestas. Sin embargo, los creadores de Un musical barroco lo han conseguido. Sus armas para ganar esta batalla han sido la investigación, lamaestría y un saber hacer que llega al espectador en cada escena. Así lo vivimos en el Teatro Infanta Isabel el pasado 2 de febrero.

La historia que cuenta esta obra es la de una compañía de teatro del siglo XVII que, por una serie de circunstancias, ha terminado estando junta incluso después del fallecimiento de todos ellos. Distintos pero necesarios, habitan en un limbo que comenzó el mismo día en que fueron enterrados fuera del terreno sagrado del cementerio como correspondía a todo aquel que se alejara de las normas establecidas.

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Juntos revivirán sus vidas a base de recuerdos y de grandes obras de la literatura universal, abarcando desde Lope (como ejemplo El caballero de Olmedo o su famoso “esto es amor, quien lo probó lo sabe”) hasta Jorge Manrique con sus Coplas por la muerte de su padre, incluyendo en su camino el amor, el abuso de poder, los celos, los asesinatos y las locuras entre otras muchas cosas. Sin olvidar el miedo a lo desconocido y el sentimiento de familia creado tiempo atrás.

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Así, esta comedia musical, marcada también con tintes trágicos, recorre las pericias de ultratumba de unos actores que siguen luchando por sus sueños, que no son otros que llegar a su público, ante el que se presentan, y hacerles reír mientras continúe el show. Todo ello acompañado de una interpretación a piano en directo, interpretado por María Herrero y Gloria Lamadrid, y de movimientos coreográficos acordes a lo expuesto al público; exceptuando los momentos en los que se van a dormir (no es normal que un muerto descanse y menos con ciertos movimientos que se hacen repetitivos).

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Creación coral en todos los aspectos, presenta un elenco que brilla con luz propia. El saber hacer de la propia María Herrero como directora del montaje se nota en cada una de sus escenas. La misma calidad demuestra el equipo actoral compuesto por Esther Acevedo, Víctor Antona, Ana Crouseilles, Arantxa Garrastázul, Eduardo Gutiérrez, Aitor de Kintana, Amaranta Munana y Ana Paradinas. De todos ellos destacan los trabajos de Garrastázul, Crouseilles y Munana. La primera da vida, después de la muerte, a Ceci, una mujer con carácter que sufre por su hija y que es una de las madres del grupo. Está tan bien construida que es imposible no disfrutar cada vez que pone voz a su personaje. La segunda interpreta a Catalina Rouger, una autentica diva del teatro que de tan altiva no es capaz de ver más allá en un principio y que se refleja en gestos, tono y otras cuestiones que aporta adecuadamente la actriz (memorable es el “parto” a la manera de El exorcista que se marca en una de las escenas). Y, por último, la tercera que no es otra que Rita; una chica pura y sin ninguna maldad que sigue sus ideas hasta el final en una interpretación espectacular.

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La escenografía y la iluminación, al igual que la historia y los personajes, nos hablan de un trabajo histórico de investigación muy bien hecho gracias al asesoramiento de Juan Carlos González. Digo esto porque los trajes, blancos y con falda (que incluso llega a servir de ataúd/lecho), recuerdan a la época, junto a los tocados y el maquillaje. Todos del mismo color y de la misma familia pero diferentes en detalles que nos hablan sus clases sociales antes de ese momento. Todo ello creado por Karmen Abarca y Matías Zanotti.

Las luces evocan los momentos importantes de cada uno de los personajes y han sido creadas por Pilar Valdelvira, mientras que el atrezo habla de la historia del teatro como el uso de un elemento de metal para crear los golpes de una trampilla, la que abre el paso al más allá. Sobria pero efectiva es la escenografía que ha creado la propia compañía que da vida a la obra que no es otra que Proyecto Barroco.

Y es que Un musical barroco no es otra cosa que una obra sublime que nadie, a quien le guste el teatro, se debe de perder. A la espera de más fechas, seguir recordando momentos como el cántico sobre El caballero de Olmedo será la única forma de esperar a su reposición dejando claro la razón de su presencia en festivales como el de Alcalá de Henares en su última edición.

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A finales del siglo XVII, una particular troupe de actores encabezada por el Duque de Ochoa, un excéntrico noble reconvertido en lo que ahora entenderíamos como productor teatral, se dirige hacia Esquivias para hacer una representación teatral.
Los caballos que tiraban del carro de la compañía, agitados inexplicablemente desde primeras horas de la mañana, se desbocan colisionando con el carro de un arriero que pasaba por allí, con tan mala suerte que ambos carros se despeñan por un desfiladero, muriendo todos y siendo todos enterrados como cómicos fuera de los muros del cementerio, fuera de tierra sagrada, tal y como dictaba la ley de la época.
Esta particular familia queda atrapada en un espacio-tiempo indefinido, con solo una trampilla de metal cerrada como puerta entre dos mundos que crea conflictos entre los integrantes de este extraño limbo; algunos tratan de salir, otros prefieren permanecer en el confort de lo ya conocido. 
Un lugar donde intentan descubrir qué es lo que los mantiene suspendidos en el tiempo, tratando de no olvidar quienes fueron, reconociendo y analizando tanto sus anhelos, como sus más oscuros secretos y como buenos cómicos realizando incansablemente su labor de actores, reviviendo así sensaciones y emociones de cuando estaban vivos, algunas ya oxidadas por el paso de la eternidad.
En este montaje podemos vislumbrar cómo era la vida de los actores en el siglo XVIII, el estigma social y cultural que asumían pero también la capacidad de vivir en libertad dentro de una sociedad carpetovetónica.
A través de sus personajes, algunos de ellos inspirados en personajes reales, podremos comprobar la importancia de formar parte de una comunidad, de sentirse parte de algo. Pero tanto en la vida como en el teatro esto no es tarea fácil. ¿Cómo conseguir ser individuos y colectivo a la vez?  Solo un colectivo que respete y ame a los individuos que lo componen tendrá la oportunidad de avanzar y sobrevivir.

Sonia López

Más teatro

 

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