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Arte Contemporáneo – infoduas@gmail.com

El teatro hiere

No hace falta comenzar este artículo con alguna famosa frase de un archiconocido director de artes escénicas para que leamos una definición acertada y personal de lo que es el teatro. Para cualquiera que me esté leyendo, el teatro significa una cosa diferente a la siguiente persona que va a recorrer estas palabras. Existen tantos tipos de espectadores que el teatro necesita seguir creciendo y expandiéndose para llegar a cada uno de ellos, sin descanso. Pero, a veces y como todos en esta vida, en ese camino de comunicación, nos equivocamos.

Hace ya cuatro años, me vi sorprendida por el cambio de un cartel del Centro Dramático Nacional de una obra exhibida en el Teatro María Guerrero. Era el año 2013 pero podía haber sido 1945. La empresa Madrid City Tour, el servicio de autobuses turísticos de Madrid, se negó a mostrar el cartel original de Yerma en sus vehículos. La razón: herir la sensibilidad de los niños. Esto es que producía una herida en sus sentimientos o que dañaba su pensamiento. ¡Los niños! ¿Es que nadie piensa en los niños? La explicación: pidieron quitar el vello del dibujo y Alma Media, la empresa encargada de la gestión de la publicidad del complejo teatral, colocó otro cartel promocional en su lugar, con las tres caras más reconocibles del elenco, situado también en dos autobuses de la EMT y en unos 200 mupis por la capital.

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De vuelta a la actualidad, otro par de ejemplos que han herido en los pasados meses. En la taquilla del mismo teatro madrileño, dos carteles advertían: “El espectáculo Bodas de sangre contiene escenas con desnudos” y “Les informamos de que existen escenas y expresiones en la obra Juegos para toda la familia que pueden herir la sensibilidad del espectador”. Imágenes devastadoras que lesionan intelectual y emotivamente al público. El simple hecho de que nos tengan que avisar de que la violencia o los cuerpos también se suben a los escenarios repulsa. ¿Os imagináis carteles tipo: Aviso: Esta función tiene escenas de teatro. Aviso: Esta obra tiene personajes. Aviso: En este montaje hay diálogos del siglo pasado. Aviso: Durante la representación, hay cambios de luces y sonidos. Aviso: No vengan al teatro si no quieren ver teatro. Aviso: TEATRO. AVISO: ARTE. NO SE TRAIGAN UNA VENDA EN LOS OJOS?

A raíz de tales palabras juntas en la puerta de un teatro, las preguntas no paran de surgir. ¿Se colocan dichos carteles porque alguien se ha quejado? ¿Porque se prevé que va a haber quejas? ¿Quién decide ponerlos, cómo se toma esa decisión? ¿Cuál es el mínimo necesario para evaluar las obras como hirientes o no? ¿Son necesarias estas advertencias?

Bodas de sangre

Fotografía de la obra “Bodas de sangre” del instagram de Pablo Messiez

Patético y ridículo son dos de los adjetivos por los que optó el periodista y actor Juan Vinuesa en su Facebook para referirse a ambos carteles, respectivamente. “Avisan de un texto”, escribía en su muro. “¿Cuál es el problema de lo que se diga en un escenario? (…) De un tiempo a esta parte, todo este miedo viene porque, a los profesionales del teatro, se nos empieza a atribuir que pensamos lo que nuestros personajes dicen. (…) Lo que faltaba es que el miedo nos afecte a la hora de crear una historia. No se me ocurre una manera más triste de matar al teatro” concluía. La reacción del dramaturgo Antonio Rojano tampoco se hizo esperar: “¡Cuidado, que en el teatro pasan cosas!”. Y en un comentario a raíz de su publicación, especificaba: “Para mí no es tanto el mensaje sino que alguien delimite qué hiere o qué no hiere la sensibilidad, quién marca esos límites”.

Fotografía de Lau Ortega

“Juegos para toda la familia”. Fotografía de Lau Ortega

¿De qué nos estamos quejando cuando nos quejamos del arte? De nosotros, de las barbaridades que podemos llegar a hacer, del pensamiento que nos consume como ciudadanos de un mundo que está podrido y que envejece a tal ritmo y tan mal que, a lo peor, llegue un punto que ya no quiera reflejarse en los escenarios por el asco que se dé. “Me planteo si quizás, de lo que haya miedo es a la palabra pura, a la acción y a la verdad. Tanto precaver nos vuelve tontos y, lo que es peor, coarta esa cosa tan bonita que sólo el teatro tiene; la libertad de ser. La vida pura, sin manipulaciones ni carteles de advertencia. Decía Lorca en Comedia sin título que no vamos al teatro a ver lo que pasa sino lo que nos pasa. Si lo supiéramos, si nos lo anunciaran con nota previa, ya nada tendría sentido”, nos comenta la dramaturga Nela Linares.

Quizás también haya que escuchar a los asistentes y saber qué han experimentado. “Ha de ser el propio público quien decida dónde están sus límites, sin que nadie alerte de nada. De otro modo, podría estarse subestimando su inteligencia. La libertad creadora implica un pacto con el espectador en el que nos lanzamos a jugar a recibir aquello que el equipo nos propone; y sólo a cada uno corresponde decidir cómo procesarlo” comenta Hugo Álvarez, creador de Butaca en Anfiteatro. “Confieso haber visto escenas que me han resultado incómodas por contenido en espectáculos que no contaban con ninguna clase de letrero advirtiendo nada – y, por supuesto, como espectador responsable, asumo y enfrento esa incomodidad como una emoción más que es parte del espectáculo – y no haberme sentido en absoluto removido por una función con un letrero alertando a la entrada de posibles consecuencias”, declara.

Nuestra propuesta es que cada espectador pudiera también escribir una advertencia. Que hubiera una pizarra o cualquier herramienta en la que reflejar una frase al finalizar la función a la que se ha decidido asistir, a pesar del peligro de sufrir hiperestesia. ¿Qué mensajes leeríamos? ¿Serían diferentes de los que nos llegan de las instituciones públicas? A lo mejor encontraríamos opiniones como la que nos ha dejado Juan Manuel Martínez López: “Creo que si el espectador siente que hieren su sensibilidad unos pechos o un pene tiene un serio problema como persona”.

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El actor Carlos Luengo nos cuenta una “anécdota” que vivió haciendo la obra Gran Pituso en Microteatro; “una mujer se nos quejó por no ser avisada de que yo salía medio desnudo… ¡y eso que en el cartel salía sólo con unos calzoncillos! Ni nos aplaudió y, además, cortó el aplauso del público”. Así que, también hemos querido preguntarle qué opina del asunto de los carteles. La alternativa que él propone es una calificación por rango de edad. “El escándalo puede estar interesante porque el teatro despierta muchos sentimientos, entre ellos, el de rechazo, y cada persona es libre de sentir una reacción. Por eso, advertir con un cartel, me parece triste. Ya va siendo hora de normalizar y de quitar complejos. El desnudo siempre ha estado mal visto y no entiendo por qué. Para mí el cuerpo es una obra de arte”.

Todo este asunto debería doler más. Tendría que herirnos más lo que vemos y escuchamos. Al fin y al cabo, desde la comodidad que nos otorga una butaca, cualquier situación se siente desde muy lejos, como si no lograra alcanzarnos. Porque enseguida logramos desconectar, porque salimos de la sala y no volvemos a ella. Porque hace falta una reflexión anterior y posterior para que tenga sentido o haya valido la pena todo lo que nos enseñan un grupo de personas dedicadas a las artes escénicas.

El teatro lo soporta todo. O debería soportarlo. Pero nosotros no somos capaces. Y por eso nos duele tanto que tenemos que recordárnoslo una y otra vez.

Amanda H C

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