Arde la calle del Príncipe de Madrid. Se incendia el Teatro Español con la compañía Grumelot y se abrasa el Teatro de la Comedia con la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico. Sus respectivas fiestas barrocas en Arder y no quemarse y La discreta enamorada dan fe de dos montajes que rejuvenecen los edificios en los que se representan y saben desatar pasiones sobre el escenario.
Una luz encendida
El dramaturgo José Padilla se une a Grumelot en la escritura de un texto que repasa, actualiza y homenajea los 440 años del famoso teatro que embellece la plaza de Santa Ana. Imagino que no habrá sido tarea sencilla el recorrido histórico y mucho menos terminar de decidir qué escenas incluir en su puesta de largo. Porque a lo que nos tiene acostumbradas el equipo de Grumelot, se suma que, con esta pieza, da un salto más y pone el listón muy alto para su próximo trabajo. Arder y no quemarse navega por escenas que alarmaron en su momento por incendios de distinta clase, bajo la cuidada y explosiva dirección de Íñigo Rodríguez Claro: fuegos que afectaron al espacio, obras espinosas de subir a las tablas, trifulcas varias entre compañías, nombres de mujeres que marcaron el resto de los caminos… en definitiva, historia de nuestro país en peligro de extinción si seguimos con esta moda de no fijarnos en los cimientos que nos construyeron o aceptar las acciones de censura que parecen crecer como setas.
Grumelot es lo mejor que le va a pasar esta temporada al Teatro Español. Lo fue y lo será porque su luz prendida en la sala grande deja una nueva estela que seguir y porque ya está haciendo una renovación que muestra muchas más posibilidades escénicas de las que nos caben en la cabeza.
Amor mil cosas produce
La comedia de enredos amorosos de Lope de Vega se visualiza y se saborea con tintes contemporáneos, jovenzuelos y muy, pero que muy, atractivos para cualquier tipo de público que decida acercarse a ver La discreta enamorada. Este éxtasis de fantasía que montan, en el que no se queda fuera de foco ni el equipo técnico, sorprende por su buen ritmo, su manejo del verso al que seguimos sin despeinarnos y por el salseo propio de nuestros tiempos, que bien merece un reconocimiento extra.
Con esta propuesta se presenta en sociedad la nueva promoción de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico. Y ¡menuda manera de hacerlo! El elenco es rotativo y aquí una espectadora que vio a Cristina Marín-Miró en las carnes de Fenisa, solo puede escribir que discreto no puede ser el aplauso que se merece. La vista bien puesta en esta actriz que va a hacer excelente temporada y mejor carrera artística, ya veréis.
Gallardía también la de este montaje que muestra tremendos remolinos de pasión y juega muy bien con fiesta, confusiones y amores que no pierden tiempo en dar fe de que cuando el trabajo se disfruta sobre el escenario, el público lo hace el doble.

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