Ahora que recién arranca el 2026, es interesante echar la vista atrás y darse cuenta de los descubrimientos escénicos del pasado año. Y, para mí sin duda, uno de ellos ha sido el trabajo de la compañía La Mamona. El suyo es un imaginario contemporáneo que dialoga con lo clásico, la autoficción y la reflexión capaz de tensionar y fascinar. Y, hasta ahora, 2 obras son el repertorio que me ha bastado para volver a Nave 73 a disfrutar de su tercera y más reciente creación.
Leaving the dream formó parte, el pasado verano, de la XIII edición del Festival Experimental de Teatro Clásico clasicOFF. En un Londres de 1989, Daniel Day-Lewis abandona la función de Hamlet, rompe a llorar y nunca vuelve a subirse a un escenario. A partir de este momento-incidente, dos intérpretes se embarcan en una investigación que mezcla archivo, vivencia personal y mitología teatral para trazar un puente entre Hamlet y La vida es sueño. Indaga con humor y audacia en los límites entre realidad y ficción, actor y personaje, y cuestiona qué quiere decir “ser uno mismo” cuando el teatro habita en cada gesto y cada máscara que portamos, entre otros muchos aciertos.
I’m Art (estoy harta) comenzaba la temporada en septiembre, dentro del Ciclo Imparables. En esta pieza, se toma como referencia a Artemisia Gentileschi para convertir el cansancio —personal, histórico y artístico— en motor creativo, cuestionando cómo se construyen los relatos sobre las mujeres en el arte y quién los sostiene, los sigue heredando o empieza a cuestionarlos.
Y ahora, los viernes de enero y febrero, tenemos la ocasión de descubrir Bua, es que Nina soy yo literal, en la que dos actrices atraviesan La gaviota de Chéjov desde la autoficción, el humor y la crisis de los treinta, poniendo en primer plano la fe en una misma, el desencanto y la necesidad de encontrar sentido en un presente incierto. La Mamona aquí destaca por su cercanía, su humor y su crítica constante, planteada de una manera directa y sin complejos.
Amparo Marí, Borja Rodríguez y Violeta del Campo componen un puzle que se agradece mucho ver, tanto por su precisión como por su capacidad de escucha mutua. El engranaje funciona, aunque a veces falte algo de ritmo entre escenas. Resulta inevitable destacar el trabajo de ellas: Marí y del Campo sostienen la carga emocional y discursiva, transitando con soltura entre la vulnerabilidad, la ironía y la exposición sin red.
La obra se va construyendo desde un lenguaje reconocible, plagado de referencias cotidianas y citas chejovianas, un pensamiento acelerado y una oralidad muy actual con la que conecto de forma inmediata. No hay voluntad de pulir en exceso el discurso: el desorden, la contradicción y la hipérbole forman parte del propio relato. En ese sentido, Bua, es que Nina soy yo literal se instala en la pregunta constante, en la incertidumbre compartida y en la risa como mecanismo de visibilidad y abrazo.
La puesta en escena vuelve a recurrir, como en sus propuestas anteriores, al uso de imágenes audiovisuales proyectadas a modo de telón de fondo. Un recurso que no solo acompaña y documenta, sino que dialoga con lo que sucede y que funciona fantasiosamente bien, ampliando el imaginario sin imponerse sobre él. A esto se suma una escenografía deliberadamente híbrida, donde conviven en absoluta igualdad de condiciones un premio Max y unas toallitas desmaquillantes del Mercadona. Precisamente, esa convivencia resume su espíritu: lo prestigioso y lo cotidiano, lo aspiracional y lo banal, compartiendo espacio sin jerarquías. Y ¡qué bien!
Me cuesta mucho comprimir en pocas palabras lo imperdible que me parece esta obra y esta compañía. Hay tantos momentitos excelentes, como la llamada de teléfono en directo, los dardos que se lanzan con nombres propios sin verlos venir, las dudas compartidas, las exigencias autoimpuestas o el nivel de presión social, que no podría solo destacar uno.
La pieza se engancha a personajes de Chéjov —Nina, Trigorin, Tréplev, Irina y la mismísima Gaviota— para anclarlos sin esfuerzo en nosotras, en el ahora, en este presente que parece sobrepasarnos. Desde ese lugar honesto, se articula una propuesta que se mueve entre la autoficción generacional, la comedia incómoda y la radiografía emocional de una identidad en permanente contradicción. Para ello, se sirve de puntos clave muy reconocibles, desde los que aborda diversas problemáticas. Y no hace falta nada más, porque ya lo tenemos: sobrevivir en el teatro off, esperar la llamada del director de moda o agonizar artísticamente mientras el éxito se lo llevan otras. La identificación es inmediata y ahí reside gran parte de la potencia del espectáculo. ¿A quién no le ha pasado? ¡Si también soy yo literal!
Partiendo de La Gaviota de Chéjov, dos actrices reflexionan escénicamente sobre la fe, qué es ser actriz, el sacrificio, la crisis de los treinta y la insatisfacción, a través de la mirada de Nina, Trigorin, Trèplev, Irina y de la mismísima Gaviota. Un clásico, un poco de autoficción, mucha autoestima y poca pasta. ¿Puede ser más Off?
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