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LAS PISCINAS DE LA BARCELONETA

Creo, fervientemente, que Secun de la Rosa es feliz en un escenario. En las obras de teatro en las que le he visto, entre ellos dos monólogos, he descubierto cada vez un mayor deseo por permanecer en esos metros cuadrados un ratito más, como si con ello estuviera abrazando al público y nos mandara un mensaje encriptado de: aquí se está muy bien, aguantemos unos minutos más.

El pasado jueves, fue el tercer día que este intérprete barcelonés salía a escena a enseñarnos a su Sebastián en Las piscinas de la Barceloneta. Se trata de una obra que navega hacia el pasado, mostrándonos algunos paisajes juveniles de la ciudad condal del año 77, una mirada atrás cómplice con los movimientos sociales así como con los despertares de un muchacho que descubre más deseos de los encerrados en su barrio y en su casa, donde pasa la mayoría del día solo.

La Sala Mirador acoge este montaje íntimo pero lleno de historias colectivas e imaginarios agrupados en torno a una piscina y a locales de ambiente y felicidad, en los que se enjuagan las rebeldías punibles en aquellos años con cárcel, maltrato y abuso. Sebastián Alonso Roca, personaje creado a partir de una mezcla de varios, es testigo de otra época, del despertar cultural, reivindicativo y silenciado.

En el encuentro con el público tras la función, el protagonista nos contaba cómo se fue fraguando esta historia que encierra a la vez tantas otras, perdidas ya en el tiempo pero no en el espíritu. “Al principio cuando lo escribí, pensaba que iba a ser más libertario y que iba a llevar una bandera con todo lo que reivindicaba, pero en los procesos de ensayo me di cuenta de que era más interesante que este Sebas no supiera si era un cobarde o un valiente”. Así, sin juzgarle, de la Rosa atraviesa sus vivencias y la manera de ver a los otros y nos regala un montaje lleno de revelaciones y conquistas personales, como las de Rosamari o Luisito, que se transforman en inolvidables.

En un momento de comparación entre aquellos años y nuestro presente, el actor razonaba que “la libertad tiene mucho que ver también con la palabra. Hay mucha gente que se ofende más por oír decir puta o maricón o por fumar en un escenario que por la vivencia en sí. Y eso me sorprende. Ofende más la palabra, el escenario, el artista, que la vida real y precisamente ahí está la diferencia con respecto a los años 70. Ahora igual tenemos más libertad pero es una libertad más condicionada y llevada a que todos seamos iguales”.

Secun de la Rosa defiende este trabajo solo en escena pero dando gracias continuamente a la parte técnica (labor de Iván del Álamo). Con su dramaturgia y dirección nos da la oportunidad de descubrir un trabajo que aunque no es biográfico, todo lo que rodea a su personaje sí que es real. Tanto que cuando entramos a la sala, algunos vídeos del colectivo Video-Nou nos reciben para introducir la pieza. Y otro detalle que pudimos conocer de primera mano es que el propio Secun aparece en una de esos registros de la realidad de aquellos momentos entre el 77 y el 82, con 5 años de edad, concretamente en el titulado Los jóvenes de barrio.

Este monólogo de poco más de una hora recuerda las condiciones de vida de la bolsa de población inmigrante en los barrios del extrarradio de la Barcelona de los 70, desde un punto de vista de un joven sin dinero que se atreve a salir de su entorno, a viajar a esa piscina de sal de la que tanto ha oído hablar, sin saber por qué, sin saber qué eran los locales de ambiente, ni el estraperlo ni el barrio chino, pero sin poder evitar dirigirse hacia allí. Y aquel verano, se convierte en un viaje en el que Sebas es espectador de activistas, homosexuales, trans, primeros manifestantes LGTBI, anarquistas de las jornadas libertarias, supervivientes de las cárceles del franquismo, poetas y artistas del paralelo: Christa Leem, los Barcelona de Noche, los Cúpula Venus, Brossa u Ocaña. Imposible no acertar a imaginar todo un recorrido vital de la mano de Secun de la Rosa que toma la voz de muchos que permanecen en el recuerdo.

Sebastián Alonso Roca, un hombre de mediana edad, se encuentra en el momento más crucial de su vida. Acude a un acto como invitado para recordar las condiciones en las que vivía la bolsa de población inmigrante en los barrios del extrarradio de la Barcelona de los 70. Sus recuerdos le llevan al verano del 77, el más largo e intenso de toda su vida. Con la inconsciencia de su juventud, sin apenas dinero, una toalla vieja y unas gafas de sol, se atrevió a salir del barrio para ir a sus idealizadas piscinas de la Barceloneta. No sabía por qué lo hacía, no sabía qué se iba a encontrar. Pero no lo podía evitar.

Amanda H C

Sala Mirador

Secun de la Rosa

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